Destacado

Releyendo a Salvador Pániker

Presentación

¿Por qué este blog? Porque en DMD Catalunya decidimos completar nuestra pequeña biblioteca con los libros de Salvador Pániker que nos faltaban. Y un grupo, compuesto por Gine Albadalejo Sánchez, Isabel Alonso Dávila, Marta Heras Pérez y Marisa López García nos hemos puesto a leer y a buscar entre todas estas páginas las referencias a la muerte, a la dignidad al final de la vida, a la eutanasia y al suicidio asistido en los dietarios y los libros de memorias de Salvador. Hemos encontrado muchísimas cosas y muy interesantes que nos han permitido acercarnos a la historia de nuestra asociación contada en primera persona y con la profundidad que nos ha regalado un filósofo de la talla de Pániker.

Del interés por dar a conocer estas lecturas ha surgido este blog. En él, iremos colgando algunos de los escritos sobre la eutanasia y la muerte que Salvador Pániker nos dejó a lo largo de su vida

Esperamos que esta idea os guste, que vayáis siguiendo lo que publiquemos, que lo compartáis y que nos hagáis llegar vuestros comentarios.

Isabel Alonso Dávila

Presidenta de DMD-CAT

 

  Leer más “Releyendo a Salvador Pániker”

Cuaderno Amarillo

10 de julio de 1993

    La prensa se ocupa profusamente del caso Ramón Sampedro, el tetrapléjico gallego que, por primera vez en España, ha pedido la eutanasia ante los tribunales. Yo mandé una gacetilla a los medios de información, y éstos han respondido cumplidamente. Extraordinario personaje, Ramón Sampedro. Nosotros (DMD) le hemos llevado el caso jurídicamente, pero él ha asumido toda la responsabilidad. Es un hombre lúcido y listísimo, que viene de la tierra y del mar, y que dice cosas impresionantes, como eso de que él es una cabeza enganchada a un cadáver.

Cuaderno Amarillo, Plaza & Janés, Barcelona, septiembre 2000, página 93.

Cuaderno Amarillo

21 de mayo de 1993

   Hablé en el Casal de X., previa presentación barroca a cargo de Z. La verdad es que nunca sabe uno de qué fama viene arropado. A veces me presentan como <<filósofo orientalista>>, en ocasiones como <<sociólogo>>, también como <<ingeniero y escritor>>. En los últimos años, y a raíz de mi defensa reiterada del derecho a morir con dignidad, se ha generado un cierto lío. <<Usted defiende la eutanasia porque es medio oriental.>> Se equivoca, yo defiendo la eutanasia voluntaria, y subraye lo de voluntaria, en tanto que occidental, en tanto que defensor de los derechos humanos. Porque el derecho a salirse de la vida, cuando la vida se degrada más allá de ciertos límites, es un derecho de la primera generación de derechos humanos, es un derecho de la libertad, de autodeterminación y autonomía. Es tanto que oriental lo único que hago, o intento hacer, es desdramatizar el asunto de la muerte.

Cuaderno Amarillo, Plaza & Janés, Barcelona, septiembre 2000, página 73.

 

Cuaderno Amarillo

4 de mayo de 1993

   Cena en casa de NV con los Las Casas, Virginia y Aparicio. Acababa de suicidarse el ex primer ministro de Francia. Pierre Bérégovoy, e Isidro que llevaba encima algunos whiskies, improvisaba chistes con el caso. <<Un poco de respeto, Isidro>>, le decíamos. Pero se lo decíamos en tono ligero. Éste es un mundo complejo y asimétrico, con multitud de registros y referencias. Mientras unos se suicidan, otros bromean. Los más pasamos la maroma.

7 de mayo de 1993

  Retomando lo escrito hace unos días. En mi libro sobre los griegos explico cómo Parménides, al prohibir pensar el no-ser, nos aleja paradójicamente de la vida. La realidad queda fosilizada en una mera identidad lógica. Salvadas las diferencias -las diferencias entre el griego on y el sánscrito sat-, el hinduismo también es bastante incompatible con el enigma de la nada. Que es el enigma de la vida y de la muerte. Que es el enigma de lo real. Por ahí -dije- se advierte la superioridad del budismo, su mayor finura y lucidez. También dije que la divinidad incluye el no-se, y que sólo levantando el tabú de la nada conseguiremos un tipo de pensamiento más acomodado a lo real. (Pienso ahora en la teología gnóstica de san Juan que identifica a Dios con la Lux y lo opone radicalmente a las tinieblas. Lo cual vuelve a ser dualismo. Como contraste, la profunda intuición de Jakob Böhme al definir a Dios como <<Nihil aeternum>>, Nada eterna.)

   Relaciónese  todo esto con lo que Ernest Becker llamó the denail of death, la represión de la muerte, una represión mucho más primaria que la de la sexualidad. La inmensa fuerza del rechazo de la muerte es la que explica las creencias alucinatorias de la religión convencional. También explica la sublimación que transforma la angustia del morir en historia. Ahora bien, levantado el tabú de la nada y de la muerte, se abre un camino peligrosamente fértil, un camino con menos anestesias. Se desenmascara que toda la metafísica del ser es como un gran mecanismo de defensa: <<No temáis; el Ser es.>> Quedémonos tranquilos. Lo explican Parménides, la Biblia y el Vedanta. Brahman es Satcitananda. Y el poeta Jorge Guillén: <<Ser, nada más, y basta/es la absoluta dicha.>>

  Pero ya Buda, como su contemporáneo Heráclito, relativa el ser. Y tampoco hay metafísica de ser en el taoísmo, porque la lengua china carece de verbo existencial: a través de la lengua china la realidad está hecha de opuestos. Y el propio maestro Eckhart ha escrito que <<también Dios adviene y fenece>>. Y el Pseudo-Dionisio habla de las <<tinieblas más que luminosas>> y concluye que el ser de Dios es <<nada>>. Nada que podamos pensar. Y Angelus Silesius proclama: <<Sin mí no puede vivir Dios.>>  Y también: <<Fuera de Dios no soy, fuera de mí Dios no es.>> Es decir, de un lado la teología negativa: el mínimo respeto que merece lo absoluto es que no pretendamos reducirlo a nada; de otro lado, el principio de inmanencia: procede terminar con la pueril cesura entre Creador y creaturas. Ya no vale <<El Ser es>>, <<Dios es>> -como si dijéramos: aquí, al menos, Uno que se libra de pasarlo mal-. Sucede que todos navegamos en el mismo bajel. Cancelada la idolatría del Ser, queda una sola y única y sucia y estrambótica aventura: lo que hay, lo que nace y muere.

   Sostengo, pues, que se genera una nueva teología, una nueva antropología, una nueva visión del mundo y de la sociedad si se levanta el tabú de la nada, si se deja de reprimir la propia muerte. Proyecto de una sociedad que no idolatre el ser como recurso para escapar a la angustia del no-ser; una sociedad sin su represiones más profundas.

  Ciertamente, dese Platón y los estoicos, lo seres humanos se han enfrentado ya con valentía a su propia muerte. Lo relevante es calibrar en qué medida levantaron el tabú. O en qué medida lo usaron para su concepción del mundo. Hegel, por ejemplo, echa mano del temor a la muerte para explicar su famosa dialéctica entre el Amo y el Esclavo. (En la lucha metafísica entre dos autoconciencias, gana quien menos teme a la muerte.) De hecho, y mucho antes que Hegel, Thomas Hobbes había localizado en el miedo a la muerte el más eficaz factor de socialización y de sometimiento al Estado. En fin, Heidegger reclama la <<existencia auténtica>> cuya base reside en la asunción consciente de la muerte. Etcétera.

   Pero el asunto se ha debatido especialmente desde los supuestos del psicoanálisis. En los años sesenta tuvo lugar una célebre polémica entre Herbert Marcuse y Norman Brown. Ambos coincidían en la necesidad instaurar una sociedad no-represiva, pero diferían en el diagnóstico y en la terapia. ¿Cómo abolir la alineación? La esperanza de Marcuse se basaba en el fin de la escasez económica y en la conversión del trabajo en juego. Norman Brown iba más lejos, más hacia el fondo: el germen primario de toda represión es la ansiedad del ser humano ante su propia muerte. El devenir de esta ansiedad se llama historia, es decir, el empeño por llenar el tiempo con obras que desafíen a la muerte.

  Brown proponía la recuperación del cuerpo, incluso su <<resurrección>>, y buscaba inspiración, no ya en el estoico Sigmund Freud, sino en visionarios dionisíacos como Nietzsche, Blake, Jacobo Boehme y el san Juan del Apocalipsis.

  Pero surge una cuestión, la misma que dejó en el aire el propio Freud: si toda <<historia>> es patológica, hija de la represión. ¿qué ocurriría en una cultura reconciliada, en una cultura sin la negación de la muerte?, ¿una cultura sin ansiedad? Una sociedad sin miedos y sin conflictos, ¿no volvería a ser el paraíso pre-humano de la mera animalidad? Mi respuesta la insinué en Aproximación al origen. Toda la cultura humana será, por definición, siempre conflictiva. Lo que cabe es ir afinando la naturaleza de los conflictos. La <<aproximación>> al origen es indefinida. Si conseguimos –como pretendía Norman Brown- reconciliar la vida con la muerte, seremos efectivamente más libres, pero habremos generado nuevos espacios problemáticos. Por ejemplo: ¿por qué esforzarse en un mundo sin ansiedad? Como si dijéramos: ¿dónde encontrar una nueva motivación? ¿Cómo funciona la creatividad en un contexto budista? ¿Es posible una cultura no violenta? Etcétera. La naturaleza humana, por definición es neurótica; por ello no debe tomarse sólo en sentido peyorativo, pues la neurosis hace posible el deseo de ir liberándose de la neurosis. Y ésa es una argucia crítica sumamente fértil.

 Recuperar el paraíso animal al tiempo que alejamos de é: tal es la dialéctica retroprogresiva.

Apéndice

   La posibilidad de una cultura no patológica, cultura libre del temor a la muerte, ha ido una aspiración constante de la <<sabiduría perenne>>. También lo ha sido la preocupación por conciliar la libertad y la acción.

   Así por ejemplo el budismo mahayana plantea la posibilidad de estar a la vez liberados del mundo y comprometidos con él; de alcanzar la sabiduría (prajna) pero regresando la juego sucio de la vida (samsara) bajo el empuje de una compasión activa (karuna). Jesús, al igual que Buda, tampoco tuvo bloqueada la compasión. Como ha señalado Huston Smith, la diferencia –matiz decisivo- entre Jesús y los fariseos estaba en que Jesús enfatizó la compasión por encima de la santidad. Jesús se nos presenta como un ejemplo cabal de bodhisattva.

9 de mayo de 1993

   Nueva filípica del arzobispo de Barcelona en contra de la eutanasia. Dice que, aunque teóricamente tenga que ser voluntaria, en la práctica se cometen errores y se mata a quien no quiere morir. Ergo, la eutanasia, ni que sea voluntaria, debe prohibirse. Ya ven: con este argumento habría que prohibir también la medicina, pues también la medicina comete errores. De hecho, en el siglo pasado, la Iglesia condenaba la vacuna contra la viruela porque entendía que la viruela era un castigo de Dios, y el hombre no debía sustraerse a ese castigo. (Con la misma lógica se prohibió desviar el curso de los ríos porque ello significaba <<corregir la obra de Dios>>.

   Me devuelven la tranquilidad esos obispos con sus dogmatismos, sus amaneramientos y su fanatismos, con su teología antropomórfica y pueril, la grotesca familiaridad con que hablan de lo que no se puede hablar, la palabra Dios siempre es su boca. No hay nada que huela a verdad en ese discurso. Por no hablar de la mala fe que supone meter en el mismo saco <<la eutanasia, el aborto, el divorcio, la prostitución y la pornografía>>. Sí, a los que fuimos educados en el seno de la Santa Institución nos tranquiliza mucho todo esto. Es tan sensato haberse salido.

10 de mayo de 1993

   Sí, el enemigo es absolutizar, el enemigo es la Iglesia y sus verdades eternas (Voltaire: écrasez l’infame), el islam, el monoteísmo, el Partido Único, los valores aboslutos, el culto al Uno. (Incluso el hinduismo politeísta y tolerante, cuando se hace fanático y fundamentalista –como ocurre hoy en algunos lugares de India- reduce el panteón de los dioses a uno solo: Rama) El caso es que cuando uno comienza a absolutizar entra en el camino de los desvaríos: la Patria, la Revolución, la Historia, la Verdad, el Partido. En cuanto comienzan las palabras con mayúsculas, comienzan los crímenes.

   Se condena la eutanasia voluntaria porque se absolutiza la vida –y absolutizar la vida es la otra faz del terror del terror a la muerte-, y el resultado es la monstruosidad de la subvida, el ser humano reducido a la piltrafa en contra de su voluntad. ¿Dios? En tanto que concepto absoluto, también Dios es una monstruosidad, un fetiche peligroso y –por cierto-escasamente poético. ¿Cabe algo menos poético que idea de un ser necesario? En un tiempo se creyó que la Tierra reposaba sobre una tortuga gigante. Alguien preguntó: ¿y sobre qué se apoya la tortuga? Y así surgió la idea de un Fundamento Último que se aguanta a sí mismo. Más o menos, el dios aristotélico-tomista. (He dicho alguna vez que para el acceso al pluralismo y a la libertad tampoco es indispensable hacerse ateo: basta con inventar una teología más sutil y libertaria.)

  A lo que iba. El camino está en la praxis híbrida, mestiza, plural. ¿Se puede conciliar el pluralismo con un cierto fundamento racional de la convivencia? ¿Una cierta universalidad? Es el tema de nuestro tiempo, un tema de debate, y se trata precisamente de esto, de debatir, encontrarse en el lenguaje, perseguir un mínimo consenso, <<teoría de la acción comunicativa>>, etcétera. (…)

Cuaderno Amarillo, Plaza & Janés, Barcelona, septiembre 2000, página 59, 60, 61, 62 y 63.

 

Cuaderno Amarillo

11 de diciembre de 1994

    De nuevo la polémica  en torno a la eutanasia, la postura intransigente de los católicos integristas. Ya es curioso eso de ser integrista -católico o de la índole que fuere- en vez de asombrarse ilimitadamente con el espectáculo del mundo, hala, a esconderse bajo el ala de unos dogmas, a repetir la pauta tradicional, es decir, a no vivir.

    Ninguno de esos cristianos furibundos ha tenido nunca una experiencia religiosa: si la hubiesen tenido no serían “furibundos”, se les notaria la sabiduría del misterio. Y no. Todo en ellos es convencionalismo y falta de gracia. Se llaman a sí mismos “creyentes”, como si los demás no creyésemos también en nuestras cosas. Lo peculiar de esos llamados creyentes es que se conforman con la doctrina renunciando a la experiencia. Proyectan sus propias dudas hacia otras personas –los llamados increyentes- y de ahí su obsesivo empeño en “convertirlas” –porque lo que tratan de convertir es su propio yo incrédulo-. Y paradójicamente, al reprimir sus propias dudas, se cierran a la liberación. El zen tiene ahí un proverbio oportuno, no sé si lo he citado alguna vez:

Gran duda, gran iluminación.

Pequeña duda, pequeña iluminación.

Ninguna duda, ninguna iluminación.

 

Cuaderno Amarillo, Plaza & Janés, Barcelona, septiembre 2000, página 350.

 

 

Cuaderno Amarillo

  27  de noviembre de 1994

   Fuimos a Navarra, digo, y hablé en Pamplona, mesa redonda sobre la asistencia al enfermo anciano en situación terminal irreversible. Una mujer se me acerca al final de la sesión para decirme: “Qué gozada escucharle”. Pero yo cavilo que estoy ya bastante saturado de estos temas, la muerte digna, los enfermos terminales, los cuidados paliativos, el tratamiento del dolor, el testamento vital, los principios de la bioética. Además, y como decía Dürrenmatt, qué tiempos estos en que hay que luchar por lo que es evidente. (…)

    Por cierto que en el auditorio me presentaron al obispo, o arzobispo, no sé, creo que se llama Sebastián de apellido, un hombre de facciones muy redondas, que no mira a los ojos, y que apenas entreabrió la boca al saludarme. Mucho mundo no tenía el arzobispo. Lo que va de ayer a hoy: descubrimiento escueto de que lo que les falta a todos esos jerarcas de la Iglesia católica es, sencillamente, talla humana. Y talla intelectual. Quiero decir que, en términos generales, su nivel es bajo. Y muy baja también su sensibilidad religiosa o metafísica. Sucede como con los del Opus: entienden de economía y son laboriosos, impresionante el campus de la Universidad de Pamplona, pero qué déficit de profundidad religiosa y de inteligencia crítica, qué gente tan convencional.

 

Cuaderno Amarillo, Plaza & Janés, Barcelona, septiembre 2000, página 331.

 

Cuaderno Amarillo

   14 de mayo de 1994

    Defendemos la articulación entre los valores de la vida y los valores de la libertad. (Por ahí discurre mi defensa del derecho a la eutanasia, que es un derecho de autodeterminación). (…)

 ¿La muerte?. “En nada hay que pensar menos que en la muerte”, decía (aproximadamente) Spinoza, y Savater suele citarlo. También dijo Wittgenstein que la muerte no es un evento de la vida, y unos cuantos siglos antes había proclamado Epicuro que mientras uno existe, la muerte no existe, y que cuando la muerte existe, uno no existe ya, de modo que ¿a qué preocuparse?. Imagino que Savater simpatiza con estas formulaciones. Además, el saber que uno va a morir refuerza la individualidad irrepetible de cada cual, y eso, la individualidad irrepetible de cada cual, y eso, la individualidad irrepetible de cada cual, es para Savater el valor supremo. Y no digo yo que no tenga razón: sólo pretendo ir más allá. A mi la muerte -aun sumiendo la sabiduría estoica y epicúrea- no deja de producirme una cierta <<exasperación de fondo>>, la cual me invita a trascender el ego. Trascender el ego equivale a que las piezas encajen de otro modo, superando las ingenuas pataletas de Unamuno.

     El caso es que Savater apuesta por la vida, la incondicionalidad nietzscheana de la vida, y es una opción sana y respetable. Pero ocurre que uno quiere ir más lejos, no hacia las fantasmagorías de las religiones tradicionales, sino hacia la experiencia (también vital) que permite trascender el ego. Uno también es individualista- y prueba de ellos es esa especie de teología libertaria que desde hace tiempo vengo tanteando-, pero uno ve la mística precisamente como la eliminación de la libertad. (…).

Cuaderno Amarillo, Plaza & Janés, Barcelona, septiembre 2000, páginas 247 y 248.

Cuaderno Amarillo

9 de mayo de 1994

   Pues estuve en Sevilla. (…) Invita la Sociedad Española de Enfermería Geriátrica, que también paga viaje y estancia de “acompañante”. (…)  En el tema del derecho a morir con dignidad, las enfermeras  –que son las que realmente conocen al enfermo- están mayormente a favor del derecho a la eutanasia voluntaria.

Cuaderno Amarillo, Plaza & Janés, Barcelona, septiembre 2000, página 241.