Variaciones 95

10 de agosto de 1995

Con respecto a la muerte, JX suele decir que a ella le gustaría vivirla con lucidez, aunque eso sí, sin sufrimiento. Yo, en cambio, preferiría no enterarme. Estoy harto de lucidez. André Gide confiesa en su diario (15 de febrero de 1940) que le gustaría desaparecer de escena en algún accidente, una muerte rápida, lejos, lejos de los suyos, como lo deseaba también Montaigne, sin testigos que otorguen a los últimos instantes un forzado empaque. Estoy con ellos.

Variaciones 95, Random House, Barcelona, octubre 2002, página 232-233

Variaciones 95

9 de julio de 1995

Era en casa de Ricardo Bofill. Música de Bach… Añade Bofill que él siempre pensé en el suicidio; la cuestión es cuándo. Le contesto que estoy de acuerdo, que uno debe estar siempre dispuesto a suicidarse y a la vez comprometerse… Añado: cuándo estás dispuesto a morir es cuando más intensamente vives.

Variaciones 95, Random House, Barcelona, octubre 2002, página 208

Variaciones 95

24 de junio de 1995

En fin, lo dicho, aflojar doce millones por dar de comer y de beber a unos amigos no deja de ser un gesto enérgico. Esa gente sabe que ha de morir y, en el entretanto, contraataca. Tal es el meollo del asunto. Cuando uno sabe que va a morir no tiene por qué andarse con chiquitas. Doce millones para expresar la disconformidad con la muerte. Un gesto brioso y finalmente inútil: igualmente moriremos todos. Detalle significativo: ningún paparazzo en la fiesta. La jet-set catalana se exhibe puertas adentro, no puertas afuera. Cataluña no es Marbella. Aquí la desesperanza es más discreta.

Variaciones 95, Random House, Barcelona, octubre 2002, página 172

Variaciones 95

13 de mayo de 1995

   Heidegger habla del ser-para-la-muerte y de la angustia, y su discurso es coherente, porque finitud y angustia son lo mismo. ¿Pero quién ha decretado que el ser humano –y cualquier ser en general- sea exclusivamente finitud? Aquí sugiero que, en el fondo, no le temeos a la muerte, y que sobre esta ausencia de temor (sabiduría) colocamos nuestro superficial temor (angustia) a partir del cual plateamos preguntas o inventamos “esperanzas”.

Variaciones 95, Random House, Barcelona, octubre 2002, página 147

 

 

Variaciones 95

24 de febrero de 1995

Suelo estar muy tranquilo cuando he de actuar en público pero la otra noche en Madrid (Antena 3 TV) me quedé un poco desconcertado. Inesperadamente, el ego… Yo tenía que lucirme. A estas alturas de la contienda, todavía esta monserga…

El tema de mi intervención, la eutanasia me concierne especialmente, hondamente, es un tema en el que me siento muy comprometido y que suelo abordar sin pamplinas ni vanidades ¿A santo de qué, el ego? Pues en parte porque en un debate televisivo todo se transmuta en show: ya no se trata tanto de exponer un punto de vista como de jugar a ver quién gana, a ver quién se luce más, con lo cual queda todo falseado.

La sala de invitados era un batiburrillo… Javier Barrero, diputado del PSOE, parece un tipo serio, solvente y desanimado. El cantante Nacho Cano lleva largas melenas, practica diariamente la meditación y se siente atraído por la religiosidad orienta. El opudeista Federico Trillo me saluda con mecánica cortesía. Rosa Aguilar posee un atractivo inteligente y reposado. El jesuita Gafo, que será luego mi contrincante, permanece sentado en un rincón. Pero el debate entre Gafo y yo fue breve, porque Mercedes Milá quiso centrar la sesión en Ramón Sampedro, que comunicaba con nosotros por teléfono. El pobre Gafo se quedó muy frustrado. “Apenas he podido plantear mi punto de vista”, diría más tarde. Una trampa en la que yo no caí. La trampa de la limitación del tiempo, porque conozco el terreno y, en consecuencia, ya en mi primera intervención expuse lo esencial de mi mensaje.

Variaciones 95, Random House, Barcelona, octubre 2002, páginas 87 y 88

Variaciones 95

20 de febrero de 1995

   En el trasfondo de todo esto encontramos también el problema de la muerte. Martín Heidegger enseño que hay que asumir la muerte para vivir una existencia auténtica. Ahora bien, cabe considerar la cuestión desde otro ángulo: es el mismo miedo a la muerte el que genera la ilusión  del tiempo. Reprimiendo la muerte (que es el estado donde ya no hay futuro), el ser humano va generando expectativas de futuro, y así refuerza la sensación de tiempo.

    Dicho de otro modo: no es que se tema a la muerte porque se es temporal, sino que se se es temporal porque se teme a la muerte.

    Abolido el miedo a la muerte, anulado el tiempo, cabe “dejarse ir”, abandonarse a la realidad de cada instante, al Tao. He ahí el meollo de lo <<místico>>, tal como yo lo entiendo. Pues no se trata de que el presente, el instante, sea breve y fugaz, sino de que está fuera del tiempo, fuera de <<la mancha y el hedor del tiempo>>, que decía el Maestro Eckhart.

    Atención pues, vuelvo a insistir: nada de <<esforzarse>> por alcanzar el presente. Éstas son formulaciones que vienen ya impregnadas de tiempo. No existe ningún camino para llegar al lugar donde ya se está. Lo que procede es abandonarse al aquí y al ahora sin ningún empeño trascendente: porque estamos ya en lo real sin tiempo.

   Un místico es alguien que sabe esto.

   Un místico -o el nombre que prefiera dársele- es alguien que accede al presente. Nada que ver con teologías, religiones o complicados esoterismos.

Ningún místico aspira a la inmortalidad porque es ya eterno en el presente. (…)

 

Variaciones 95, Random House, Barcelona, octubre 2002, página 82

Variaciones 95

20 de febrero de 1995

   Hegel es consciente, además, del alcance antropológico del tiempo. Hegel comprende la relación que existe entre muerte y tiempo, entre historia y muerte. <<La historia es lo que el hombre hace con la muerte >>, viene a decir el filósofo alemán.

 Variaciones 95, Random House, Barcelona, octubre 2002, página 77

Variaciones 95

19 de febrero de 1995

   9,30 de la noche. A estas horas, el neurovegetativo funciona algo mejor. Hablo por teléfono con Ramón Sampedro, el tetrapléjico gallego que reclama el derecho a la eutanasia. Comentamos una posible estratégica de cara a un próximo programa televisivo con Mercedes Milà: Sampedro tendrá línea telefónica abierta: yo tendré como contrincante al jesuita Javier Gafo. Sampedro me dice:

         -Este Gafo es un astuto redomado. Supongo que irá diciendo que es mi amigo, que me quiere mucho y todas esta tonterías; pero yo trataré de poner muy claro que allí no está de amigo sino de enemigo.

          -Sí, será muy buena persona, pero no se puede jugar a dos barajas.

   Una vez le dije: Escucha, Gafo, ¿tú crees que Dios se va a enfadar mucho si me mato? Él contestó: Claro que no… Pues si dice <<claro que no>>, ¿por qué está tratando de impedir que la eutanasia se legalice de una vez?

  Contundente, implacable, lúcido Ramón Sampedro. Él lo tiene claro, yo también lo tengo claro. Ni siquiera hay que buscar pretextos médicos: el suicidio asistido puede ser una respuesta coherente frente a la inmensa chapuza del mundo. Un razonamiento frío y libérrimo: llega un momento en que es mejor la nada.

 Variaciones 95, Random House, Barcelona, octubre 2002, página 74

Variaciones 95

20 de enero de 1995

    Así, la muerte-cuando es sabia- es la culminación de un proceso. Este proceso es el de la continua disminución del egocentrismo.

    El niño egocéntrico es incapaz de diferenciarse del mundo. Cuando el cierra los ojos, cree que los demás no lo ven.

     El hombre que ha comenzado ya a desmantelar su ego, es capaz de identificarse con la totalidad del mundo. Aunque cierre los ojos, el mundo está ahí. Aunque muera, la llama de la conciencia seguirá encendida.

   Lo que los hindúes llaman Testigo – la negación misma del ego – no es una regresión a la infancia. El Testigo está ya presente en cualquier estadio de la conciencia. En la muerte sabia sólo queda el Testigo. Y el Testigo, precisamente, no nace ni muere.

Variaciones 95, Random House, Barcelona, octubre 2002, página 42.